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viernes, 3 de julio de 2015

Viandas de almuerzos con amor. Cine culinario


Ví esta película que me trajo unos recuerdos de mucho, pero mucho tiempo atrás.


Relato
Yo era muy jovencita y trabajaba en una empresa pequeña, unas 80/90 personas, que estaba ubicada en San Martín,  una zona del conurbano  de Buenos Aires. En ese entonces la empresa no tenía  comedor para sus trabajadores, por lo cual debíamos llevarnos una vianda o bien teníamos 30 minutos para salir a comer algo. Afuera, no había mucho para elegir, dos o tres lugares tipo fondas, donde había que esperar y finalmente comíamos apurados y no nos caía bien la comida. Decidimos con un grupo de compañeras que nos traeríamos algo de casa: sándwiches, frutas… y nos juntaríamos a comer y charlar aprovechando esos 30 minutos.

El caso es que entre ellas estaba  Graciela. Una mujer que hacía varios años que estaba casada y no lograba quedar embarazada. El mayor anhelo de Graciela y su marido era tener un hijo. Ambos, a su vez eran hijos únicos, así que los suegros también lo deseaban fervientemente.
Un día Graciela muy feliz, nos comenta que quedó embarazada. Ya no era una jovencita, así que debía tomar algunos recaudos, entre ellos,  procurarse una alimentación buena y saludable.  Por esa razón  no podía comer más al mediodía un sándwich y un café.
Fue entonces que la suegra de Graciela, que  vivía a unas 10 cuadras de nuestro trabajo,  decidió que  unos minutos antes de nuestro descanso, le acercaría a su nuera una comida sana, nutritiva y calentita.


Dejaba la vianda en la recepción. El portero se la alcanzaba a Graciela justo cuando nos reuníamos, pero ella no sabía que venía dentro de la vianda. Así que 6 mujeres curiosas asomábamos la cabeza para ver que había llegado ese mediodía. No les puedo narrar lo que era abrir la tapa, ver los colores,  oler esos aromas increíbles de comida recién hecha, con productos nobles y sobre todo… con tanto amor. A todas nos daba un poquitín de envidia, pero de la sana. Había días que venían unos guisitos increíbles y Graciela generosamente, nos permitía mojar el pancito.


La escena se repetía todos los  días.
¿Nos preguntábamos que traerá hoy la vianda de Doña Ana? Y me arrepiento tanto de no haberle pedido  alguna de sus recetas.  Pero también había  un secreto,  nos contaba Graciela que  a su suegra,  los platos le salía tan bien,  porque ella cocinaba mucho en cacerola de hierro fundido y ese tipo de cocción da un sabor muy especial a cualquier comida.

La historia terminó cuando Graciela se retiró por maternidad. Ya no volvió a trabajar, se dedicó a cuidar a su bebé.



La película filmada en la India me trajo ese aromático recuerdo. Es muy bonita. 

lunes, 18 de mayo de 2015

¿Niños Gourmet? - Tarta de Zanahorias, Ricota y Semillas de Sésamo


Hace unos  días un nietito mío, Manuel,  que está por cumplir 4 años, iba a venir  a almorzar. Sabía por mi hija que le encantaban los ñoquis. Así que me esmeré e hice unos riquísimos ñoquis de papas. Me llevó su tiempo prepararlos. Hacer el puré, preparar la masa, y luego armar los ñoquis uno por uno. 
Casi en forma automática  al puré de papas,  le agregué apenas una pizca de pimienta blanca molida con el molinillo. ¡Apenas!


Adrede, no preparé salsa de ningún tipo.
 Luego con  mucho aspaviento, le serví a Manu, un apetitoso plato,  diciéndole:
 - ¡Mirá que rica comida te hizo la abu!
Se los serví con manteca y queso. Pinchó un ñoqui con el tenedor, lo puso en su boca y me dijo:
- ¿Abu, le pusiste pimienta?
Cómo si me hubiera pescado in fraganti, balbuceando dije:
- A…a… apenas un poquito, casi nadaaa. Si no se nota…
Pero él me respondió:
- ¡Los niños no comen con pimienta!
Y no comió. No probó ni uno más.
A Manu le  encanta cocinar y ayudar en la preparación de cualquier plato. Enseguida corre una silla,  se trepa y quiere ayudar. ¿Será por eso que salió tan Gourmet?

Pero la receta que les adjunto hoy,  si lleva pimienta y entonces…¿Será que solo es para mayores? ¡Igual vale la pena!


Tarta de Zanahorias con ricota, cebollas y sésamo.

Ingredientes
½ kg de Ricota
3 zanahorias ralladas.
3 cebollas picadas
Una Tapa de masa para Pascualina
3 huevos
½ cucharada grande de pan rallado
Abundante queso rallado
Semillas de Sésamo
Aceite, sal, pimienta molida, nuez moscada


Preparación

En un wok o sartén echar un chorrito de aceite y dorar las cebollas picadas. Dejar enfriar y mezclar con las zanahorias ralladas en crudo, la ricota y los huevos. Agregar los condimentos, y mezclar. 


Enmantecar una fuente de horno, colocar un disco de masa de tarta. Verter el relleno. Echar abundante queso rallado por encima y espolvorear con semillas de sésamo. 


Hornear a fuego moderado hasta dorar. Servir frío o caliente y acompañar de una ensalada o arroz. 

sábado, 15 de marzo de 2014

Todo hecho en casa.

Canastitas de brócoli y queso

Un relato que no es mío, me lo contaron.  Trataré de transcribirlo lo mejor posible. Tampoco tengo fotos para ilustrarlo, así que hay que recurrir a un poco de imaginación.

Leticia es una joven mamá que siempre está muy ocupada con su trabajo y la crianza de un bebé. En cuanto a lo del bebé se lo toma muy en serio, por eso quiere darle una buena alimentación, del tipo: "todo hecho en casa". Pero eso requiere tiempo. Ir al mercado o a la feria,  elegir verduras y frutas frescas y... tiempo, es lo que no tiene Leticia.

Una vecina le sugirió:
─ Si le compraras  las verduras al funebrero, te ahorrarías de ir al mercado.
─ ¿A quién? ─ preguntó asombrada Leticia
─ A Rodolfo. Día por medio pasa por esta cuadra  vendiendo verduras frescas y muy baratas, también trae frutas buenísimas.
─ ¿Y quien es Rodolfo y porqué funebrero? ─ preguntó Leticia.
─ Ahh.... Es todo un personaje. Trae la mercadería en un coche fúnebre antiquísimo,   esos que eran descapotados, los que portaban  las coronas de flores hasta el cementerio. Un Mercedes Benz de los años 50. Está todo abollado, despintado... pero aún anda y él lo utiliza como una  pequeña verdulería ambulante.
─ No te puedo creer ─ comentó riendo Leticia.
─ Si y las vecinas nos avisamos unas a otras: " Llegó el funebrero” “hoy trae unas berenjenas muy frescas" ...
─ ¿Y cómo me entero a que hora pasa?
─ Ja...ja. Te vas a enterar. Si escuchás música de cumbia a todo volumen, salí a la calle porque es él.
Al día siguiente Leticia efectivamente escuchó una música de cumbia bastante fuerte. Salió a la calle  y no podía creer lo que veía.
Un coche desvencijado,  tal cual se lo había contado su vecina, pero Leticia fue encontrando  más detalles aún. Las verduras asomaban por todas partes y lo más llamativo era que en el techo del viejo Mercedes funerario, entre hojas de cebollas de verdeo, puerros y acelgas se encontraba colocado un altoparlante tan viejo como el coche,  de donde a todo volumen, se escuchaba el ritmo de las cumbias.

Mujeres y algunos hombres rodeaban a Rodolfo y compraban.
Leticia,  a partir de ese día, comenzó a ser una clienta más del funebrero, pero había varias características más que conformaban la personalidad de Rodolfo, el funebrero,  y que Leticia fue descubriendo con el correr de los días.

Rodolfo era alto, flaco,  vestido siempre con jeans  y remeras viejas. Llevaba un sombrerito  con visera y por  los costados de la cara le salían unos cabellos largos, negros pero  con canas. Aparentaba más de 50 años. Cuando por alguna causa se quitaba el sombrero, entonces se  veía que era calvo, aunque con el sombrero puesto no se notaba.

Rodolfo sólo vendía  verduras y frutas que consiguiera baratas, pero que además, tenían que ser de buena calidad. Si no era así, no las traía, por lo cual no se podía elegir mucho entre esa escasa variedad. Otro detalle tan asombroso como los anteriores es que a Rodolfo, se le podía decir: “Dame chauchas"  si las tenía, pero jamás "cuantas". Nada de 1 kg o 1/2kg. Él tenía  una especie de  compromiso con toda su clientela, e iba repartiendo las cantidades según su criterio, para que alcanzara a todos/as. 


Un ejemplo,  me contó Leticia,  que un día Rodolfo trajo unas ciruelas hermosas, grandes, rojas, apetitosas y a muy buen precio!  Le hizo llevar  2 kg y ella sólo quería 1 kg. Pero para que no se enojara llevó obedientemente los 2 kg.
 Repartía  las cantidades a su antojo o de acuerdo a su esquema mental. “Y si no te gustaba no le compres a él.  Vete al mercado".  Tampoco  daba bolsas, ni de Nylon ni de papel, eso sí era bien ecológico. Cada cliente tenía que traer su bolsa.
Pero según Leticia, cuando lograbas entenderlo era muy alegre y siempre repartiendo recetas para preparar sus 
frescas verduras.
Leticia preparó estas ricas canastitas de  brócoli y queso según sus indicaciones. Aquí si hay alguna foto.

Canastitas de brócoli

Ingredientes
Un brócoli bien verde y grande
Una cebolla
Un diente de ajo picado
Una cuchara grande crema de leche
2 huevos
Bastante queso rallado
Una docena de tapas de empanadas
Sal, aceite, pimienta molida y nuez moscada todo a gusto.

Preparación
Hervir el brócoli en agua y sal. Dejar enfriar y picarlo un poco.
Picar la cebolla y dorarla en aceite. Agregar el ajo picado.  Luego Mezclar con el brócoli,  la crema y los dos huevos. Condimentar.



Formar canastitas con cada una de las tapas de empanadas, rellenarlas con la mezcla y espolvorear cada una de ellas con abundante queso rallado. Acomodarlas en una bandeja de horno en mantecada y hornearlas hasta dorar.
Se pueden comer calientes o frías. De ambas formas son muy ricas!!

miércoles, 29 de enero de 2014

La casa del médano o como cocinar rico con casi nada

Bajamos del taxi  en la puerta de una casa grande y bonita, pero en una zona que  se veía agreste. 


Poca infraestructura, calles de arena,  apenas marcadas y  alrededor muchos médanos. 


Habíamos alquilado una casa a último momento  a unos conocidos de otros conocidos. Lo único que sabíamos era que estaba a unos 80 metros del mar. 


Pero la primera sorpresa fue  que teníamos como vecino a  un médano. Si, todo un costado de la casa daba a un médano.


Si me recostaba en la galería, veía  al médano,  si abría el ventanal de mi dormitorio, veía un pedazo del médano y luego cocinando también lo veía a través de la ventana. 


Era pequeño respecto a otros que se encontraban en la zona y retenía bastante  al viento que venía del mar en los días muy ventosos. Nuestros mares del sur de América se caracterizan por tener amplísimas playas de arena fina, pero  con días de bastante viento. Es un mar de llanuras, de pampa.

En la casa no había Internet, ni televisión y gran parte del tiempo no tenía señal de celular.  Solo radio, música y libros. No llegaba el periódico y para comprar alimentos, había que recorrer unos cuantos kilómetros en auto. Pero, he aquí la cuestión. Nuestro automóvil se rompió en el camino durante el viaje de ida. Lo tuvimos que dejar  en un taller mecánico a 140 kms del lugar, de ahí nuestro arribo a la casa en taxi. Teníamos para unos  días hasta su reparación.


Entonces me planteé:
¿Podré estar 15 días (tiempo que duraba el alquiler de la casa) desconectada de todo? ¿Podré vivir dos semanas  sin tecnología?
Los dos primeros días debo confesar que me deprimí un tanto, no era consciente de mi dependencia tecnológica y consumista. Lo único que había a unos 6oo metros de arena y médanos, era un pequeño almacén que vendía algunos productos muy poco variados y bastante caros. No tenían verduras, ni frutas,  ni carnes. Habituada  a cocinar con gran variedad de vegetales, semillas, frutas… me sentía desamparada.


Fue ahí que comencé a sentarme en la galería a  observar al médano, que hasta el momento lo miraba desde cualquier ventana de la casa, pero no le prestaba mucha atención.  Soy de esta región y los he visto durante toda mi vida, pero nunca había convivido con uno. Observé que tenía una contra,   tapaba la visión directa del mar, pero a su vez  una ventaja, y es  que era como una pared. Me protegía del viento, de la curiosidad de los paseantes y prestaba una intimidad y un cobijo muy particular a toda la casa.


El médano, cubierto de plantas y pastos agrestes, tenía su propia vida. Los vientos modificaban la capa externa de arena y sé, por haberlo leído alguna vez, que se mueve, se desplaza. Quizá la cantidad de años que tendría mi médano... Digo “mí”, pues comencé a tomarle cariño y le puse nombre, lo bauticé Don Médano, dado el respeto que me inspiraba.
Así que durante muchas horas Don Médano y yo compartíamos experiencias. 



Él tenía sus visitantes: pájaros, niños que se trepaban y luego rodaban por su ladera arenosa y  un día hasta recibió a un  Búho, que se estuvo  largo rato parado mirándome.


Pero a los médanos no  los cuidan, por el contrario los destruyen. Edifican casas encima o simplemente los derriban en aras del progreso. Tiran basura en cualquier parte y luego el viento la deposita sobre sus plantas…  Nosotros al nuestro,  lo limpiábamos. Si veíamos una botella plástica  o bolsas de nylon,  las quitábamos, aunque pensábamos lo inútil de esa  tarea, pues Don Médano correría a la larga el mismo trágico destino de otros en cuanto  alguien nomás,  eligiera construir en ese lugar.

Pero  mientras tanto mirando la paz con que él vivía,  decidí que mi actitud un tanto de enojo, tenía que  cambiar.  ¿No tendría variedad de alimentos por varios días? Pues me arreglaría y cocinaría comida para la familia con lo que vendiera el almacencito. ¿No había Internet ni TV? No escribiría mails, no navegaría y no me enteraría las noticias del mundo. ¿No había señal de celular? Pues por unos días no hablaría por TE.

Fui al "almacén/shoping" y monitoreé de un vistazo que podía cocinar con lo que allí ofrecían. Después de todo este es un blog de comidas con historias. ¿No?
Haría: fideos secos con manteca y queso. Fideos con salsa blanca y huevos duros, gratinados. Vendían  hamburguesas y salchichas, también papas y cebollas.
Un revuelto de salchichas papas, cebollas y huevo. Ensalada de lentejas y huevos duros, huevos fritos,  pasados por agua, posché. Arroz  frío con caballa y aceitunas, arroz con manteca y hamburguesa, tarta de jamón y queso, arroz con salsa blanca… y comenzaron a surgirme cientos de recetas, aunque sin verduras y sin frutas, pero era solo por unos pocos días. Si querían postre, podía ser un queso y dulce, un flancito y había yogures!!! No estaba tan mal después de todo.

Mientras cocinaba,  por el amplio ventanal de la cocina saludaba a Don Médano y le agradecía la paz por estos días descontaminados de tecnología y consumismo.


Ahh… en la playa conseguí que un pescador me vendiera un hermosa brótola que la asamos a la parrilla de carbón y la acompañamos con papas a las brazas con manteca en el medio. ¡¡Riquísima!!

lunes, 13 de enero de 2014

Superstición

Según diccionario: Creencia que no tiene fundamento racional y que consiste en atribuir carácter mágico u oculto a determinados acontecimientos: es una superstición creer que pasar por debajo de una escalera trae mala suerte. 
Respeto o miedo excesivo a las cosas desconocidas o misteriosas.

Relato
Habrá familias que no son supersticiosas, pero no era el caso de la mía precisamente.
Este relato nace a raíz de que  iba caminando por una vereda con otra persona, mientras  manteníamos una animada conversación. De pronto me frené abruptamente. Mi compañera me miró y dijo:
─ ¿Qué te  pasa?
─ Nada. Pero yo cruzo por la calle ─ respondí ─ Es que no paso por debajo de escaleras.
Había una gran escalera que apoyaba sobre el frente de un negocio, y la única forma de seguir caminando era pasar por debajo.
─ ¿Por qué? ─ preguntó asombrada.
─ Trae mala suerte. ─ respondí un tanto avergonzada de mostrar al desnudo una de mis debilidades.


Para colmo agregó:
─ Pero Gely, no me digas que vos sos supersticiosa…
Se que no doy ese perfil, soy exageradamente racional, lectora ávida, hasta  hice la universidad en ingeniería, aunque a esta altura estoy convencida que eso no influye. Nadie que no me conozca a fondo,  creería que esas cosas puedan afectarme. Pero lo hacen.


Provengo de una familia, donde  estando sentados a la mesa y si, sin querer alguien volcaba su copa de vino, nuestra madre en vez de retarnos, rápidamente empapaba sus dedos en el vino derramado y nos mojaba la frente, diciendo:
─ ¡¡Es suerte, es suerte!!
Si se caía la sal, tomaba unas pizcas de la misma y las echaba por arriba de un hombro. Eso era para evitar la “mala suerte”.  Siguiendo con la mesa, si alguien pedía:
─ ¿Por favor me pasas la sal?
La alcanzaban, pero nunca en tu mano. Se  dejaba  el salero al lado de tu plato, apoyado en la mesa, para que no  atraiga a “la mala suerte”.
Lo mismo con supersticiones callejeras. Por ejemplo, si ibas caminando y a lo lejos veías un gato negro, no tenías que dejar que te cruce por delante.  Desviabas el camino o corrías para cruzar antes que él, porque eso si que traía “mala suerte”.


Si jugabas en la calle y justo pasaba un cortejo fúnebre, parabas de jugar y buscabas tocar “madera sin patas”, para que la muerte no te llegara a vos.

Si alguien te echaba una maldición, rápidamente había que cruzar los dedos índices y mayor de ambas manos, para que la maldición rebotara en el otro.


 Buscábamos un trébol de 4 hojas, que eran rarísimos de encontrar, pero "traían suerte".


Así unas cuantas más, incluida el no pasar por debajo de una escalera o,  la “mala suerte” del martes 13: No te cases ni te embarques…

He luchado a lo largo de mi vida para no hacerme eco a estas irracionalidades, pero es más fuerte que yo. Algo muy interno domina mis razonamientos y cumplo la cábala ancestral.
Las brujas no existen, pero que las hay las hay…

viernes, 3 de enero de 2014

Un fin de año muy especial o “Un par de tontos”

Con  mi marido, -supongamos que se llama Mario-  decidimos pasar un fin de año distinto. Ir solos a un lugar de la Costa Atlántica y festejar la llegada del año nuevo allí. Tranquilos, en un lindo hotel,  con un brindis en el balcón  mirando el mar. Para ello salimos de casa  el 29 de diciembre, tanto como para disfrutar un poco la playa antes del festejo.
Unos 15 días antes,  desde Buenos Aires,  elegimos un hotel con vista al mar. Para el 31 de diciembre la idea era cenar en un restaurante y  luego en  el hotel a las 12 de la noche, brindar con un rico Champagne.  

Nos decidimos por  una playa a la cual hacía muchísimos años que no íbamos: San Clemente del Tuyú. 


Precisamente elegimos ese lugar pues  queda a tan solo 350 Km. desde la capital. En 4 ó 5 horas se llega manejando tranquilo. (Tardamos  9 hs., ya que todo el mundo tuvo la misma idea que nosotros).


Nos habían dicho que la ciudad estaba cambiada,  con novedades que no conocíamos.
Hicimos playa, caminatas y recorrimos algunos lugares muy lindos verdaderamente cambiados: Punta Rasa, antiguamente llamada Tapera de López era uno de ellos. 
Ese lugar está lleno de jóvenes que hacen desde jet-ski,  wind-surf y kite surf. Cientos de ellos y a medida que uno se va acercando, se ven en el cielo como si fueran pájaros. 


Un hermoso espectáculo. 



Hicimos varios paseos más.


Solamente nos quedaba  visitar las Termas Marinas, que se instalaron hace  pocos años. Por eso, el mismo día 31 a la tarde,  cuando bajó el sol, fuimos a conocerlas.

Las Termas, fueron construidas en terrenos aledaños al Faro y  este quedó dentro de las  mismas.


Luego de recorrer un camino de arena en malas condiciones (bastante serrucho y pozos), que iba por el  medio del campo y donde solo había pastizales, llegamos al atardecer. Las termas estaban cerradas, pensamos que a causa del feriado de fin de año. Pero a un costado de la entrada principal,  había un camino que decía “Entrada para Proveedores”.  Por  curiosos, accedimos a ese camino para mirar nada más  antes de volver  a la ciudad.


Ni bien entramos nos entusiasmamos con la belleza del bosque que rodea la zona. Paramos varias veces a sacar fotos. 




A medida que pasábamos con el coche por las distintas piscinas, veíamos que estaba todo cerrado. Las sillas y reposeras dadas vuelta, las mesas amontonadas. Pasamos por un restaurante, cerrado. Una heladería, cerrada. Piletas cubiertas,  cerradas y por donde íbamos estaba cerrado. No había una sola persona. El lugar era muy grande, supongo que de varias hectáreas, así que llegamos al Faro y nadie. 



Sacamos varias  fotos  y subiendo  al coche, dije:
- Volvamos que está cayendo el sol.
 Manejamos hasta el camino por el cual ingresamos y nos encontramos frente a un  portón de hierro enorme,  de no menos de 3 metros de altura, que no habíamos visto al entrar. Se ve que  al estar abierto, quedaba oculto dentro de la vegetación. Pero ahora  estaba cerrado y si lo veíamos muy bien. Bajamos del coche e intentamos abrirlo. No había forma. Entre las plantas que estaban al costado, divisamos una caja que parecía el llamador de un portero eléctrico. Con algo de preocupación, comencé a pulsar el llamador y a decir:
─ ¡Hola! Hola… ─ No hubo respuesta
─ Volvamos para atrás que ví  un cartel de INFORMES  ─ dije.
Retrocedimos con el coche y encontramos el edificio de informes.
Me puse muy contenta pues estaba la puerta abierta, había luz adentro y al costado, estacionada una camioneta.
─ Bueno ─ dijo Mario ─ por lo menos está el cuidador.
Bajé. Entré a la sala y ví un monitor con las imágenes de los portones, ahí me enteré de que eran “dos” y muy grandes. Había también una central telefónica y varios teléfonos más, pero sin gente. A un costado estaban las llaves de la camioneta.
─ Hola… ¿Hay alguien? Queremos salir y está cerrado el portón… Hola… Hola… ─ Nada, silencio total.
Vino Mario y  dije:
─ Este lugar está vacío. Aquí no hay nadie.
Comenzamos a llamar ambos. Nos fuimos metiendo cada vez más en el interior de lo que parecía la vivienda del cuidador.
Convencidos de que no había nadie allí, salimos a recorrer los edificios de alrededor: Un taller donde se arreglaban calderas, un Chalet donde decía Servicios Médicos. Todo  cerrado y deshabitado. Volvimos a la oficina  y me dice Mario:
─ Llamemos a nuestro hotel.
─ Uyy… No traje el celular
─ Usemos el teléfono de aquí ─ me dijo
─ ¿Pero que le decimos a la gente del hotel? ¿Que estamos encerrados en un parque termal y no sabemos como salir?
─ Que llamen a la policía o a alguien…─ dijo con voz preocupada.
Comenzamos a querer marcar el número. La centralita tenía un código
qué no conocíamos y  no nos daba línea.
─ ¡¡Ayy!! – dije ─ ¿Qué  hacemos ahora? Es la noche de fin de año…
─ Bueno. No es tan terrible. Este hombre - por el cuidador-  se debe haber ido a festejar,  dejó todo abierto y tal vez venga mañana ─ dijo Mario.
─ ¿Mañana? ¡Pero nos quedamos sin cenar!
Empezaron a encenderse las luces en las calles, aunque aún había claridad
─ Vos esperáme aquí. Yo voy a ver por el otro portón─ dijo
Al rato veo a lo lejos, unos 80 metros, que Mario sale por unos molinetes estrechos y altos que estaban pegados al portón principal.
Me grita:
─ Se puede saliiir… pasando por el molinete se saleeee...
 ─ ¿Pero y que hacemos con el cocheee? ─ grito yo
─ Dejemos el coche y nos vamos…
─¿Estás loco? ¿Tenes idea de cuantos km hay hasta la ciudad?   Por ese camino no pasa ni un alma. ¿¿ A que hora llegaríamos?? ¿¿ En que condiciones??
Entonces,  Mario quiere volver a entrar y el molinete no lo permite. Solo era para salir. Él estaba afuera,  el coche y yo, adentro.
A esa altura, todo mi proyecto de pasar un “fin de año tranquilo se había ido al diablo”. Lo iba a pasar sola,  en el coche y sin ninguna cena. Estaba diciendo en voz alta todo eso, cuando veo a lo lejos a mi marido trepando por el portón, que aparte de ser muy alto, terminaba en unas puntas de hierro que parecían lanzas.
─ ¡¡Te vas a caeeer!! ¡¡ Te vas a quebrar una piernaaa!! ─ gritaba yo desde mi puesto.
 ¡¡No somos jóvenes!!
 Yo pensaba: “lo único que falta es que se quiebre una pierna y aquí ni un alma…”
Mario pasó hacía el interior del portón y desde allí, se lanzó y con tanta suerte, que no se cayó.

Otra vez empezamos a recorrer con el coche toda la zona, llegamos al faro y dije:
─ Aquí sí tiene que haber alguien. ¡¡Es un faro!!
 La casilla del vigilante estaba cerrada. Otra vez a los gritos:
─ Hola… Hola… ¿¿Donde están?? ¿¿Hay alguien aquiii???
Volvimos a la oficina de informes y tocamos varios botones de todos los controles que se veían en un tablero, para ver si abría uno  de los portones. Inútil.
Ya cansados y resignados nos sentamos en el coche y dije:
─ ¡No lo puedo creer… Estamos en este lugar enorme, hermoso, solos y encerrados!  Un 31 de diciembre a pocas horas de Fin de Año.
 Las maldiciones salían de mi boca sin querer.
─ No puede ser, en algún lado tiene que haber una salida. Recorramos de nuevo todo el predio ─ insistí

Pero realmente no la había y así estábamos  andando con el coche de un lado para otro, cuando de pronto,  vemos a un hombre que cruza una calle en la zona de piscinas. Le tocamos bocina y gritamos como dos enloquecidos:  
─ ¡Espere!! ¡¡Por favor espere!!
Cuando paramos a su lado, el hombre con  cara de asombro, dijo:
─ ¿Pero ustedes que hacen aquí? ¿Como entraron? ¿Por qué? Hoy está cerrado.
─ Por la puerta de proveedores –respondí yo, tímidamente ─ Solo deseábamos ver cómo eran las termas. El portón se cerró, queremos irnos,  pero no podemos.
Nos miró como diciendo estos dos están chiflados.
─ Vayan hasta el portón que les abro.
Cuando llegamos,  pulsamos el portero eléctrico y ahora sí, el pesado portón comenzó a deslizarse y salimos hacia la libertad…

Se hacía de noche y aún debíamos ir al hotel y cambiarnos, pero yo estaba tan nerviosa que cuando llegamos a la ciudad, dije:
─ Necesito tomar un café para relajarme unos minutos. Paramos en un lugar muy lindo que estaba aún vacío, pero muy  adornado y todo listo para festejar el fin de año. Me acerco al mostrador y  pido por favor que me preparen un café. Fue en ese momento que escucho:
- ¡¡Gely!!! ¿Cómo te va?
Era el ex esposo de una prima mía, con quién habíamos tenido mucha relación en otros tiempos. Nos invitó a sentarnos, el restaurante era de la familia de él. Nos quedamos charlando y cuando contamos como nos habíamos quedado encerrados en las termas, nos dijo:
─ De Ustedes  dos creo cualquier cosa,  ya que los ví en otras aventuras. Pero esta vez tuvieron suerte.
─ ¿Por…?
─ A la noche largan los perros y son unos cuantos.
Se nos cayó la mandíbula inferior de la sorpresa…

Sin pasar por el hotel, nos fuimos a cenar así como estábamos al lugar que habíamos reservado. Finalmente cuando llegamos a nuestra habitación,  Mario se durmió. Tuve que despertarlo a las 23:45 hs. para brindar, pues con tanto stress, no aguantó hasta las 12 de la noche. Pero pudimos brindar frente al mar y vimos un hermoso espectáculo de fuegos artificiales sobre la playa.

Vista desde nuestra habitación

¡Fue de verdad, un fin de año diferente!

¡Feliz año 2014!

miércoles, 11 de diciembre de 2013

El hombre de la bicicleta.

Lo conozco hace muchos años. Siempre lo ví andando en bicicleta. Creo que no tengo en el recuerdo una imagen de él caminando como cualquiera de nosotros.  Pero  si parado al lado de su bicicleta,  sosteniéndola mientras charlaba  conmigo o con algún vecino.
Amable, cordial, simpático y buen mozo. Sí,  buen mozo, pues era alto,  delgado, de rostro agradable y con mucho cabello.
 
Pasaba montado en su bicicleta y saludaba con la mano. Me llamaba la atención que siempre llevaba prendidos dos broches de colgar la ropa,  en los dobladillos de su pantalón.
A veces iba cargado con bolsas de compras o con un maletín de herramientas, pero siempre arriba de su bicicleta, incluso lo he visto en días de lluvia envuelto en una capa especial.

Pasaron muchos años,  envejecí. Pero el hombre de la bicicleta  lo hizo aún más que yo, pues me lleva varios años.

A veces lo veo, ya no va por el medio de la calle. Maneja despacito y se desliza por los costados, cerca del cordón. Sigue siendo delgado y mantiene aún algo de su línea, pero tiene el cabello blanco y su rostro está surcado por arrugas… Me saluda como siempre,  levantando la mano.

Hace pocos días me lo crucé,  me llamó mucho la atención… Iba montado en su bicicleta, pero ahora,  andando sobre la vereda. Por primera vez no me reconoció y tampoco me saludó.  Estaba atento tratando de esquivar a la gente y casi no pedaleaba, solo se deslizaba. No se si él arrastraba a la vieja bicicleta o ella lo llevaba a él. Pero ahí estaban todavía, juntos,  “El hombre y su bicicleta”.

jueves, 7 de noviembre de 2013

La pileta de lavar ropa

La casa familiar fue construida en el año 1910, era tipo “chorizo”.  Tenía  un gran jardín  a la calle y las habitaciones  daban a una galería alta y fresca, ideal para dormitar siestas en el verano. Pero esas habitaciones no estaban comunicadas entre sí,  siempre había que pasar por la galería para ir de una a otra.
A su vez,  al costado de la galería  se hallaba una gran pérgola de madera que sostenía a una vieja parra. Todos los años, la vendimia de esta parra proveía varios frascos de dulce de uva que se guardaban para el invierno.
Luego venía un comedor con un  ventanal de hierro que llevaba vidrios partidos, algunos de colores. Desde allí  se divisaba el fondo con la pequeña huerta familiar.



La cocina de la casa era amplia y  tenía instalada una antigua “cocina económica” que se alimentaba a leña, de manera  que mientras se cocinaba,  almacenaba agua caliente en un tanque para la ducha de toda la familia; claro que el baño tenía que ser rapidito, pues si no el agua,  no alcanzaba para todos.
En invierno el punto de encuentro de la familia era la cocina. Sobre una amplia mesa cubierta por un mantel de hule, los niños  hacían los deberes para el colegio, se cortaban las telas para futuras prendas, amasaban los fideos del domingo, acomodaban los frascos de dulces…
Durante los tórridos días de verano -no existían los acondicionadores de aire-  el agua fresca para beber,   se extraía de viejas heladeras de madera.



 Por eso pasaba el vendedor de hielo todos los días. Se compraba el hielo por barra, o por media barra,  de acuerdo al tamaño de la heladera…


En verano,  la diversión de los niños más pequeños, era una pileta de lavar la ropa que estaba en el patio del fondo. Bastante grande y  de cemento, de esas que no se ven más. Los niños jugaban desnudos bajo el chorro de agua. La diversión consistía en retener el agua con las manos… Las risas se oían de lejos…


El tiempo fue pasando y se sucedieron tres generaciones. La casa sufrió muchísimos cambios. Actualmente no es más tipo “chorizo”. Ahora es moderna con gas natural y con todos los artefactos actuales que hacen al confort de nuestra época. ¿Pero saben que es lo que permaneció intocable, casi como un símbolo?



 La vieja pileta de lavar la ropa. Es que los niños de la tercera generación de esta familia, aún se bañan  y juegan en esta vieja pileta,  y sus risas actuales son idénticas a las de sus padres, tíos, primos y abuelos.

La vieja pileta no desea que la jubilen…